Un número creciente de adolescentes se resiste activamente a una mayor vigilancia digital en las escuelas y fuera de ellas, lo que indica un cambio en las actitudes hacia la tecnología. Avery Schromm, un estudiante de último año de secundaria de California de 17 años, encarna esta tendencia. Cuando su escuela implementó una nueva política que exigía que los estudiantes usaran Chromebooks monitoreados tanto dentro como fuera del aula, ella inmediatamente se opuso.
La nueva política establecía explícitamente que la escuela se reservaba el derecho de examinar los datos de los estudiantes por cualquier motivo, incluida “salud, seguridad, disciplina o protección”. La respuesta de Schromm fue rápida: encuestó a sus compañeros y el 90% informó sentirse incómodo con la falta de privacidad. Los estudiantes también expresaron preocupaciones sobre el almacenamiento y monitoreo de datos fuera del horario de clase.
No se trata sólo de portátiles. El contexto más amplio es que los adolescentes se están volviendo más conscientes de cómo las escuelas y las empresas de tecnología rastrean sus vidas digitales. Esta conciencia se ve impulsada por años de vigilancia cada vez mayor, desde algoritmos de redes sociales hasta, ahora, dispositivos escolares con software de monitoreo intrusivo. El hecho de que los estudiantes se estén organizando contra esto, incluso en el nivel de la escuela secundaria, es significativo.
Por qué esto es importante: Los adolescentes son la primera generación que crece completamente bajo la observación digital. Su resistencia sugiere que no están dispuestos a aceptarlo pasivamente. Esto es más que una simple incomodidad; es un rechazo al seguimiento constante y un deseo de autonomía. El retroceso llega en un momento crítico, cuando las escuelas dependen cada vez más de la tecnología para todo, desde las pruebas hasta el seguimiento del comportamiento.
A pesar de la reacción, algunas encuestas muestran que la mayoría de los adolescentes todavía apoyan las restricciones a los teléfonos móviles en las escuelas. Casi la mitad reconoce los efectos negativos de las redes sociales, pero también reconocen su valor para socializar. Sobre la IA, las opiniones son encontradas y los adolescentes expresan tanto optimismo como incertidumbre.
Sin embargo, cuando se trata de vigilancia directa, el mensaje es claro. Los argumentos antitecnológicos más eficaces entre la Generación Z y Alfa no tienen que ver con alarmas de salud o advertencias sobre adicciones. Se trata de privacidad, lucha contra la autoridad y recuperación de la agencia creativa. Muchos adolescentes buscan activamente alternativas a una vida dominada por las pantallas y adoptan actividades como la música, el cuidado de animales y las manualidades como formas de desconectarse.
La clave es que esta resistencia debe provenir de los propios adolescentes, no como un sermón vertical de los adultos. Su generación está a punto de entrar en la edad adulta con el poder de elegir cómo interactúan con la tecnología, y muchos ya están señalando una preferencia por menos control y más libertad.
La generación más joven no se limita a aceptar el mundo digital tal como es; lo cuestionan activamente y, en algunos casos, lo rechazan. Esto sugiere un futuro en el que el uso de la tecnología será más deliberado, menos generalizado y más alineado con la autonomía individual.





















